domingo, 11 de septiembre de 2011

I El universo y el hombre



QUÉ HACER

“De lo existente, unas cosas dependen de nosotros; otras no dependen de nosotros” Epicteto (“Manual”)

En pleno siglo XXI, la humanidad transita por etapas de crisis. Es imprescindible lograr una mejora ética generalizada por cuanto la causa básica de toda crisis social radica en el inadecuado comportamiento del propio ser humano.

Si bien muchos opinan que el mejoramiento generalizado depende principalmente de las decisiones de los gobernantes, especialmente de los países poderosos, no es difícil advertir que todo proceso de cambio social requiere de la participación de todos y de cada uno de los integrantes de una sociedad.

Es posible que la información necesaria para poder revertir la situación esté ya disponible; quizás dispersa en los libros de religión, de filosofía o de ciencia, sólo que hace falta encontrarla, organizarla y hacerla accesible al ciudadano común.

La pregunta básica que siempre nos hacemos busca como respuesta aquello que debemos hacer en esta vida. No sólo debemos encontrar la información que satisfaga tal respuesta, sino que debemos también establecer una visión del mundo que nos induzca una actitud adecuada ante la vida, por cuanto un conjunto de normas éticas que esté desvinculado de una visión subyacente del mundo, poca influencia habrá de tener.

Tal es el propósito del presente libro; la búsqueda de la información básica y su posterior organización para hacerla accesible al ciudadano común. Si se tiene éxito en el objetivo propuesto, es posible que tal individuo adquiera un adecuado sentido de la vida y pueda así insertarse satisfactoriamente en la gran aventura asociada a la vida de cada hombre.

De toda la información disponible, sólo una pequeña parte nos podrá ayudar en nuestra cotidiana toma de decisiones. De ahí que nuestro interés se centrará en el conocimiento que nos induzca a encontrar las decisiones correctas.

No sólo es deseable que el lector obtenga una mejora de sus atributos éticos, sino que logre además un incremento de su propio nivel intelectual, para que pueda introducirse en el maravilloso mundo del pensamiento y del conocimiento.


SI VOLVIERA ARISTÓTELES

“La naturaleza está estructurada como un lenguaje. La pirámide de la complejidad se edifica en el curso del tiempo” Hubert Reeves (“El sentido del Universo”)

Cierto escritor contemporáneo imagina que se le presenta Aristóteles y le pregunta acerca de la visión que actualmente tenemos de nuestro universo, especialmente en relación con la visión que predominaba hace más de dos mil años. Esta situación nos exige una respuesta de gran generalidad y de ahí su interés.

Podemos decir que el mundo está construido como un lenguaje. Es decir, así como las letras forman palabras, y las palabras forman oraciones, hasta llegar a las páginas literarias y los libros; las partículas fundamentales dan lugar a los átomos, éstos a las moléculas, células, organismos, hasta llegar a la vida inteligente.

Se dice que existe una tendencia a la formación de mayores niveles de complejidad y, a su vez, a la formación de organismos con mayor nivel de conciencia, lo que constituye la ley de complejidad-conciencia propuesta por Pierre Teilhard de Chardin. Esta ley, que puede incluirse dentro del marco de la ciencia experimental o, al menos, que puede ser compatible con ella, nos indica la existencia de cierto sentido del universo, y de ahí de cierta finalidad aparente.

Si bien se aduce que no debiéramos asignar, desde una perspectiva científica, finalidades implícitas al universo, no debemos tampoco ignorar una tendencia que puede quedar corroborada por las teorías verificadas en la actualidad, tales como la teoría cosmológica del universo en expansión y la teoría de la evolución por selección natural.

La existencia de una finalidad implícita en el universo nos puede servir de orientación; si bien no podemos asegurar que la humanidad vaya a respetar tal tendencia imperante. Si vamos por un camino, podemos respetar la flecha que nos indica la dirección permitida, o bien podemos ir en la dirección opuesta, aunque los resultados serán distintos según que vayamos en uno u otro sentido.

En nuestra época, ya no esperamos mensajes de Dios que nos orienten respecto de cómo solucionar nuestros conflictos, sino que debemos indagar en el propio universo (y en nuestra propia mente) para adaptarnos a sus leyes y así poder encuadrarnos en su tendencia aparente.


REENCANTAR EL MUNDO

“Durante más del noventa y nueve por ciento del transcurso de la historia humana, el mundo estuvo encantado y el hombre se veía a sí mismo como parte integral de él” Morris Berman (“El reencantamiento del mundo”)

En la Edad Media, el hombre tenía una visión del universo bastante distinta a la que hoy disponemos. El hombre medieval suponía ocupar un lugar preferencial en el Universo. Por ser el hombre una creación de Dios, y por haberse hecho hombre el mismo Dios, no podría ocupar otro lugar que no fuese el centro del Universo.

El primer ataque que recibe la antigua imagen del mundo proviene del astrónomo Nicolás Copérnico, quien ubica al Sol en el centro del Universo conocido (o muy cerca de él). Pronto surgen protestas por parte de quienes se aferran a la antigua visión. Incluso argumentan que en la Biblia se afirma que “Josué ordenó al Sol que se detenga….”. Lo que implica que es el Sol el que se mueve y no la Tierra.

Comienza una época de conflictos entre los adherentes a Copérnico y sus opositores. Giordano Bruno termina sus días en la hoguera y Galileo Galilei debe abjurar de su postura a favor del sistema copernicano. Incluso ofrece su telescopio para que sus adversarios puedan observar algunas pruebas que favorecen tal sistema. La negativa de éstos no se debió sólo a la posibilidad de verse obligados a admitir el derrumbe de la visión del mundo vigente, sino a sentirse desplazados del lugar de privilegio que (los aristotélicos) ostentaban en el campo del conocimiento.

Posteriormente, Johannes Kepler encuentra que los planetas describen elipses, y no circunferencias, como suponía Copérnico. Finalmente Isaac Newton fundamenta la nueva visión del mundo que emerge junto con el perfeccionamiento de la mecánica y la astronomía.

En el siglo XIX otro hecho golpea la visión del hombre de la época. Charles Darwin, junto a Alfred Wallace, propone la teoría de la evolución por selección natural. Con ella pone en evidencia la realidad del proceso evolutivo y desacredita las interpretaciones textuales de la Biblia. El hombre primitivo no apareció como una creación directa de Dios, sino a través de una creación indirecta, implícita en los intrincados procesos de intercambio entre la materia y la vida.

Paulatinamente se vislumbra la necesidad de tomar como referencia a la naturaleza, la obra de Dios, para interpretar adecuadamente las simbologías bíblicas. De lo contrario, tomando como realidad a las propias simbologías, se llegaba a una visión distorsionada de la realidad.

Pero el desencantamiento del mundo no termina ahí. En el siglo XX, cuando Edwin Hubble y otros astrónomos descubren la expansión de las galaxias, se llega a la conclusión de que existen unas cien mil millones de estrellas por galaxia. Y que existen unas cien mil millones de galaxias en el Universo. La pequeñez del hombre, de la Tierra, e incluso de todo el sistema planetario solar, es asombrosa.

En la actualidad, sin embargo, es posible encontrar una visión del hombre que nos ubica nuevamente en una posición preferencial. No se debe precisamente a nuestras dimensiones espaciales, sino a que nos podemos sentir parte de un objetivo implícito en el marco del proceso evolutivo. Todo parece indicar, como se dijo antes, que existe una tendencia a la aparición de mayores niveles de complejidad y de conciencia. Somos parte del objetivo implícito de la secuencia que va desde las partículas fundamentales hasta llegar a la vida inteligente. Incluso nuestra propia adaptación cultural y su éxito posterior dependen enteramente de nosotros mismos, a través de las decisiones adecuadas que tratamos de vislumbrar en el presente escrito.


ADAPTARNOS AL MUNDO

“Es como si el hombre hubiese sido designado, de repente, director general de la más grande de todas las empresas, la empresa de la evolución, y designado sin preguntarle si necesitaba ese puesto, y sin aviso ni preparación de ninguna clase” Julian Huxley (“Nuevos odres para el vino nuevo”)

La palabra “adaptación” nos da idea de “hacernos aptos”. Así, si estamos en un lugar muy frío, nos “hacemos aptos” para vivir en ese ambiente abrigándonos adecuadamente. El proceso de adaptación es, en principio, simple: conocemos el ambiente (hace frío), nos conocemos a nosotros mismos (toleramos bajas temperaturas hasta cierto punto) y compatibilizamos ambos aspectos.

Mientras que la adaptación al medio ambiente no requiere de gran cantidad de información, al menos en el caso considerado, nuestra adaptación cultural al orden natural requiere, por el contrario, del conocimiento detallado del propio comportamiento humano; algo nada simple, por cierto.

Quien pretenda establecer una ideología de adaptación, además de encontrar información que sea compatible con la realidad, deberá convencer a un gran porcentaje de incrédulos, escépticos y “disidentes por naturaleza”; algo que impedirá el éxito esperado, aunque, al menos, vale la pena intentarlo.

La visión científica actual nos hace ver un mundo regulado por leyes naturales. Ni siquiera podemos imaginarnos un lugar del universo que esté exento del rigor de tales leyes. Las leyes se hacen para que exista orden. De ahí que, si hay leyes naturales, podemos decir que existe un orden natural.

A veces los seres humanos olvidamos preguntarnos acerca de cuál es la voluntad del Creador respecto de sus designios, o bien olvidamos preguntarnos acerca de cuál es el criterio implícito en el orden natural respecto de nuestra propia existencia. Debemos ponernos de acuerdo teniendo presente tales leyes y tal orden, de lo contrario, poco significantes habrán de ser nuestras conclusiones.

Mientras que la evolución biológica y la selección natural han ido formando nuestro cuerpo y nuestra mente, adaptándonos al medio en donde se desarrolla nuestra vida, nos queda a los hombres continuar tal proceso, al que denominamos “evolución cultural”. La evolución cultural implica principalmente el descubrimiento de leyes naturales desconocidas hasta el momento, o bien olvidadas en algunos libros de otros tiempos.

Este proceso nos presiona desde siempre, ya que podemos interpretarlo como el precio que el orden natural ha puesto a nuestra supervivencia. Así, deberemos ser capaces de obtener energía a partir de la fusión nuclear, especialmente en épocas previas al agotamiento de las reservas de petróleo y de uranio. De lo contrario, ocurrirá una crisis energética y social sin precedentes.

También las crisis personales nos indican la existencia de una pobre adaptación al orden natural, debida principalmente a la ignorancia de las leyes que rigen nuestra conducta (o bien porque no hemos logrado transmitirlas satisfactoriamente) para permitirnos obtener un adecuado nivel de felicidad y superar así los conflictos existentes.

De ahí que la misión primordial de la humanidad consista en aceptar la tarea que el universo nos ha asignado, respondiendo a ella en cuanto seamos consciente de ello.


INMANENTE Y TRASCENDENTE

“Dios o la naturaleza” Baruch de Spinoza (“Ética”)

Es posible considerar que todo lo existente está regido por regularidades que denominamos leyes naturales; tal la visión científica de la realidad. Luego, respecto del orden natural emergente, existen dos posibilidades; que tales leyes sean invariantes en el tiempo o bien que sean interrumpidas de vez en cuando por el supremo Creador.

Cuando Isaac Newton no pudo explicar las irregularidades existentes en el movimiento de Júpiter y de Saturno, supuso que, quizás, de vez en cuando, el Creador intervendría para poner las cosas nuevamente en orden. La solución de tal problema astronómico fue encontrada por Pierre Simón de Laplace, quien descubre que las irregularidades son sólo periódicas y que no hace falta tal intervención. “Yo no he tenido necesidad de esa hipótesis” responde ante la consulta de Napoleón acerca de la suposición de Newton.

Tenemos, pues, dos posturas distintas respecto del universo. La primera es la postura inmanente y la caracterizamos mediante la siguiente igualdad:

Universo = Dios = Naturaleza

Se supone que las leyes naturales son invariantes y se excluye todo tipo de intervención de Dios, tales los casos de los milagros y de la revelación. Esta postura se identifica con la ciencia experimental y es la que da lugar a la religión natural o deísmo. A los hombres sólo nos queda adaptarnos a dichas leyes a través de una actitud ética adecuada.

La otra postura, denominada trascendente, puede caracterizarse a través de la siguiente igualdad:

Universo = Dios + Naturaleza

El Creador estaría más allá de la naturaleza y existirá un mundo sobrenatural. El Dios trascendente se revelaría a algunos hombres y a veces habría de interrumpir las leyes por él establecidas. Esta postura se identifica con las religiones reveladas o religión tradicional.

Desde el punto de vista de la religión natural, se observan los pedidos a Dios, para que cambie sus leyes, como actitudes de rebeldía, mientras que la aceptación de Dios provendría del acatamiento a las mismas.

De todas formas, si suponemos que el Dios trascendente responde de igual manera en iguales circunstancias, mostrando una definida actitud característica, podemos interpretar la situación como que también está regido por las mismas leyes que asignó a los hombres, por lo que habría una identidad entre ambas posturas.

Podemos encontrar cierta semejanza entre la actitud favorable a aceptar al Dios que interviene en los acontecimientos humanos con la actitud del que desea recibir protección por parte del Estado, ya que en ambos casos se observa cierta preferencia por la protección antes que por la libertad.

Por otra parte, hay quienes se sienten seguros mientras saben que las “reglas del juego”, tanto las que rigen el mundo como las que rigen la sociedad, son invariables, optando por la libertad, aunque sin resignar la seguridad, aceptando la postura del Dios inmanente.

Si bien los hombres podemos preferir gobiernos estatistas o liberales, el mundo real, por el contrario, es inmanente o trascendente en forma independiente de nuestros gustos o de nuestros deseos.


SENTIDO DE LA VIDA

“Lo más profundo del hombre no es el deseo de poder ni el deseo de placer, sino el deseo de sentido” Viktor Frankl (“El hombre doliente”)

Cuando el hombre no encuentra un sentido a su vida, cae en el vacío existencial, el cual es el motivo de la mayor parte de los conflictos existenciales. El predominio del vacío existencial, en ciertas épocas, coincide que el auge de las posturas filosóficas nihilistas, ya que éstas suponen que la vida no tiene un sentido objetivo como tampoco lo tendría el universo en el que estamos inmersos.

En épocas pasadas, cuando tenía la religión un mayor predominio, el individuo contaba con un sentido para su vida y una plena significación para sus actos. De ahí que no era tan común encontrar gente con conflictos existenciales, como sucede en la actualidad.

A la luz del conocimiento actual, es posible hablar de la existencia de un sentido del universo, de un orden natural que ha previsto la aparición de la vida inteligente; incluso de la existencia de una ética objetiva y de un camino mejor hacia la felicidad, por lo que no es adecuado descartar la posibilidad de la existencia de cierto sentido objetivo de la vida al que nos presionan las leyes que rigen nuestro comportamiento.

Además del sentido propio e individual que cada uno quiera dar a su vida, existe un sentido asociado al propio universo y al de la humanidad toda. Como ciudadanos del mundo, debemos participar de la aventura de la vida humana y del proceso de adaptación al orden natural.

Toda acción proviene de una motivación; tal motivación consiste esencialmente en la existencia previa de una tensión, que es la diferencia entre lo que deseamos ser (o lo que deseamos lograr) y lo que en realidad somos (o hemos logrado). La ausencia de dicha tensión esencial, por el contrario, implica la ausencia de ambiciones y de metas anheladas por el hombre, careciendo la vida de motivaciones para la acción.

La simple búsqueda de placer no satisface las demandas de felicidad, ya que ésta se da como consecuencia de haber encontrado previamente un sentido y una significación para nuestra vida. El sentido de la vida es la motivación que nos hace vislumbrar el futuro evitando que miremos siempre hacia el pasado.

Cuando el hombre no tiene en claro porqué vive, o bien porque le falta ese porqué, puede caer en el conformismo al hacer lo que hacen los demás, o bien puede optar por someterse a los demás al obedecer los criterios que les son impuestos.


VIDA INTELIGENTE

“Abandonada a sí misma largo tiempo, bajo el juego prolongado de las probabilidades, la materia manifiesta la propiedad de ordenarse en agrupamientos cada vez más complejos y, al mismo tiempo, cada vez más impregnados de conciencia; este doble movimiento conjugado de enrollamiento cósmico y de interiorización (o centración) psíquica prosigue, acelerándose y avanzando todo lo lejos que es posible, una vez iniciado” Pierre Teilhard de Chardin (“La aparición del hombre”)

Podemos decir que es similar no saber leer, a saber hacerlo y no leer nunca, o a tener capacidad de observación y no hacerlo nunca. Un universo, sin alguien que lo observa, sería algo vano, al menos ante nuestra manera de pensar.

Mediante el pensamiento podemos compartir la grandeza del universo, hasta sentirnos una parte del mismo, compartiendo su eternidad. Desarrollar la actitud adaptativa es una necesidad imperiosa del individuo cuyos pensamientos van algo más allá de la realidad cotidiana.

La vida inteligente es el proceso natural más interesante e importante, por cuanto, asociado a su aparición, está no sólo el sentido de la humanidad, sino el sentido del propio universo. Con la aparición del hombre el universo adquiere conciencia de sí mismo. El proceso de la vida inteligente se hace coherente, a nuestro entendimiento, a partir del principio de complejidad-conciencia.

Bajo este principio encontramos tres etapas históricas, mientras que la cuarta todavía no se ha establecido, al menos en una forma convincente, y es la principal meta de la civilización:

a) Aparición de la materia (cosmogénesis)
b) Aparición de la vida (biogénesis)
c) Aparición de la vida inteligente (antropogénesis)
d) Predominio de la conciencia moral (noogenésis)

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